Lo que vivimos, lo que sufrimos, lo que logramos

A la memoria de Carlos Eduardo Pérez Bustos (QEPD)

How I wish you were here, We’re just two lost souls swimming in a fish bowl. 

— Pink Floyd —
Carlos Eduardo Pérez Bustos, artista plástico y curador del Museo de Arte Contemporáneo de Bogotá 2002-2012

Al finalizar la década de 1970, específicamente en el segundo semestre de 1979 fuimos admitidos en la Universidad Nacional de Colombia para estudiar bellas artes, cómo la universidad había estado cerrada, ingresamos casi 120 nuevos alumnos a los programas de artes plásticas, diseño gráfico y diseño industrial. Aunque era la época de Ramsés no podríamos decir que fue faraónica.

Nos repartieron por grupos de entre 25 y 30 alumnos para las materias comunes como modelado, dibujo, diseño, historia del arte y semiótica; precisamente en el grupo de modelado tuve la oportunidad de conocer a Carlos Eduardo Pérez Bustos, quien desde el inició dió muestras de sus enormes capacidades para modelar la arcilla y enfrentarse a los retos de la tridimensionalidad.

Con su ensortijado cabello negro, su espeso bigote y sus características botas, se enfundaba en su overol como todos nosotros y mientras hacía bromas, lanzaba sátiras y se gozaba la clase, nos fuimos haciendo amigos.

En la eterna cola para el almuerzo, que se enrollaba como una anaconda al rededor de la cafetería central, tuvimos extensas charlas sobre política, arte, futbol, filosofía e historia, todo para distraer a los jugos gástricos que parecían brotar por todos los poros a medida que nos acercábamos a la banda sinfín por donde salían las bandejas con el almuerzo en medio de la algarabía por el menú del día.

Cada día teníamos que mostrar el carnet a los soldados que custodiaban el ingreso por la calle 45, mientras otros con cara mas adusta nos vigilaban desde los dos tanques blindados que flanqueaban la estrecha entrada que dejaba la malla.

Así iniciamos la década del ochenta, con un sentimiento de opresión pero también con la alegría de poder estudiar en “La Nacho”; estábamos en pleno estatuto de seguridad decretado por el Presidente Turbay; no sospechábamos los hechos que pronto irían a ocurrir pero se respiraba un aire denso y turbulento. 

Llevábamos unas tres semanas de clase cuando el M-19 se tomó la embajada de la República Dominicana ubicada en una pequeña glorieta de la carrera 30 con calle 46; inmediatamente la Universidad Nacional fue cerrada y todos quedamos con la incertidumbre de que si la toma duraba mucho tiempo seguramente no regresaríamos ese año; a pesar de la tensión generada después de 61 días, se logró un acuerdo para que los embajadores y los guerrilleros viajaran a Cuba donde posteriormente fueron liberados.

Todo esto incrementó la presencia militar en la Universidad con la consecuente aparición de agentes infiltrados, allanamientos y desapariciones de docentes, estudiantes y personas opuestas al gobierno.

En medio de cierres intermitentes de días o de semanas, continuamos nuestros estudios y poco a poco avanzamos en la carrera en medio de marchas por el posible cierre de la Facultad de Artes, el recorte de presupuestos y la amenaza constante de un cierre definitivo de toda la universidad.

Y llegó el cambio de gobierno en 1982, la universidad fue desmilitarizada, se dió inicio a un proceso de amnistía y la posterior negociación con los grupos insurgentes.

En 1983 sucede el terremoto Popayán, y nos unimos varios artistas para ayudar a la reconstrucción de la ciudad; pero los nubarrones seguían acumulándose sobre la universidad en los años ochenta. 

Las residencias estudiantiles masculinas habían sido cerradas desde 1976 y los estudiantes las ocuparon en 1982 ante la apremiante situación de cerca de 4000 alumnos que venían de provincia  con pocos recursos para mantener sus estudios, alimentación y vivienda.

El 9 de mayo del 84 el estudiante de odontología Jesús “Chucho” León que era uno de los dirigentes de la cooperación estudiantil, fue interceptado en la ciudad de Cali mientras viajaba hacía su ciudad natal Pasto; fue desaparecido, torturado y asesinado, su cadáver lo encontraron en predios de la Universidad del Valle. 

Se convocó a una jornada de denuncia y repudio para el miércoles 16 de mayo en la plaza Ché. Inicialmente la jornada transcurrió entre poemas, canciones y discursos de agitación en memoria del líder estudiantil con la indignación y la rabia generada por la atrocidad del crimen.

En la noche, un operativo conjunto de la fuerza disponible, F2 y el GOES entró al campus a sangre y fuego con un saldo aún hoy sin precisar de muertos, desaparecidos e innumerables heridos; como consecuencia el Consejo Superior tomó la decisión de cerrar indefinidamente la Universidad cuando cursábamos ya el noveno semestre de la carrera.

Quedamos desmoralizados, con una gran incertidumbre sobre nuestro futuro y nuestros estudios, qué hacer ahora?

Cada vez que tomaba el bus de la empresa vecinal de Suba por la carrera 30 hacia la Universidad Nacional, pasaba por debajo del puente de la calle 53; soñaba que podía ser un lugar ideal para realizar un gran mural pero la envergadura de esta obra superaba mi capacidad.

Con la Universidad cerrada, las ganas de hacer algo y la enorme incertidumbre, de pronto hubo una chispa. El Presidente Belisario Betancur convocó a un gran jornada para apoyar el proceso de paz e invitó a  la ciudadanía a pintar palomas blancas en ventanas, muros, aceras y parques; obtuve el permiso muy fácil y así decidí con una escalera facilitada por los bomberos de Chapinero hacer los primeros trazos del mural.

Empecé a llamar compañeros que quisieran unirse a esta loca aventura, el primero fue Mauricio Roa, luego Luis Luna y por último Carlos Eduardo Pérez. Ya éramos cuatro y cada día trabajábamos media jornada, no teníamos para el almuerzo así que regresábamos a las dos de la tarde cada uno a su casa.

Poco a poco fuimos consiguiendo el apoyo de los vecinos del sector, las empresas y hasta los restaurantes.

Pintando este primer puente pude conocer mas de cerca a Carlos, allí descubrí por que lo llamaban “Cucú”; desde niño le metían miedo con el “coco” pero él lo pronunciaba “cucú”; al subirse al andamio en medio del separador de la carrera 30 con tráfico pasando a gran velocidad y el viento frío soplando, Carlos nos decía que le daba cucú pintar en esas condiciones tan riesgosas, afortunadamente nunca tuvimos un incidente.

El puente de la calle 53 tuvo una acogida inmensa por parte de los vecinos, los medios y la ciudadanía, en pocos meses ya estábamos montados de nuevo en los andamios para pintar el puente del Consejo que era casi el doble en área al primero; prácticamente en un año habíamos pintado mil metros cuadrados de mural.

Ese año de 1985 nos deparaba aún mucho dolor, el 6 de noviembre en la mañana un comando del M-19 se toma el Palacio de Justicia y pone en jaque al gobierno de Belisario Betancur; en la tarde el ejercito realiza una operación de retoma pero los magistrados, los empleados, los guerrilleros y muchos civiles fallecen asfixiados, ejecutados o son desaparecidos en un capítulo que aún hoy no se ha cerrado.

Y por si no fuera suficiente, en la madrugada del 13 de noviembre hace explosión el Nevado del Ruiz que sepulta mas de 23.000 habitantes de Armero, Chinchiná y zonas periféricas. Miles de manos solidarias se unieron en múltiples Banquetes del Millón en las ciudades colombianas para aportar a la reconstrucción en la zona de Lérida donde El Minuto de Dios construyó una ciudadela, talleres, escuelas, hotel y centro para los adultos mayores.

Desde esos fatídicos sucesos no nos volvimos a ver con Carlos Eduardo, pasaron quince años hasta que nos reencontramos por una llamada y volvimos a vernos; cada uno había experimentado muchas cosas y estábamos ya en el cuarto piso como se dice coloquialmente cuando se llega a los cuarenta años.

En el 2001 inicié clases en la Universidad Minuto de Dios y como necesitaban otro profesor llamé a Carlos Eduardo para que se vinculara a la docencia en la naciente carrera de Comunicación Gráfica; para el 2002 me ofrecieron la dirección del Museo de Arte Contemporáneo que ya hacía parte de UNIMINUTO; de inmediato propuse también a Carlos Eduardo para trabajar juntos en este inmenso reto de posicionar al museo en la escena cultural de Bogotá.

Eran jornadas de arduo trabajo, solo éramos tres personas para realizar todas las labores del manejo de la colección, el montaje, la investigación, la administración, la gestion de proyectos, la curaduría. 

Teníamos a nuestro favor la autonomía, el conocimiento del campo artístico y sobre todo el deseo de construir un proyecto que afianzara el significado social de la cultura que propuso el P. Rafael García-Herreros en su parábola del museo de 1963.

Curiosamente nos tocó una época de aniversarios. El primero, los diez años del fallecimiento del Padre Rafael para el cual organizamos una gran muestra con fotografías, frases, objetos personales, videos con entrevistas y testimonios de su vida; luego en el 2006 celebramos los 40 años del MAC con una curaduría de la colección y nuevas donaciones que gestionamos con los artistas, también publicamos el primer libro del museo que se convirtió en un referente; para el 2008 celebramos los cincuenta años del barrio Minuto de Dios con la curaduría “Obra, Barrio y Gente” que incluyó fotos originales de las familias que llegaron al barrio, documentos, videos y encuentros con la comunidad; el 2009 fue el centenario del natalicio del P. Rafael García-Herreros y el museo fue el centro de todas las celebraciones junto con una curaduría en la que se unieron los aspectos mas relevantes de su vida y obra, que después dieron origen al museo García-Herreros; en el 2011 publicamos el segundo libro del museo para celebrar los 45 años de fundación y organizamos con obras de la colección una síntesis de los principales hechos que marcaron la segunda mitad del siglo XX y el inicio del siglo XXI.

Por invitación del Museo de Arte del Tolima llevamos la curaduría “Transformaciones” a Ibagué, su ciudad natal; Carlos Eduardo me llevó a conocer la casa de su infancia, a recorrer las calles y me compartió muchas de sus vivencias en la infancia; recodaba especialmente su viaje en tren hasta Girardot, los juegos de banquitas en la calle, las visitas al mercado central con sus primos, los baños en el rio Combeima y el estadio Manuel Murillo Toro sede de su equipo del alma: El Deportes Tolima.

Precisamente cuando estábamos sentados comiendo un tamal, Carlos Eduardo con su humor sarcástico dijo: ¡Mono, la vida es un tamal! viene envuelta en muchas hojas que le dan sabor pero no se pueden comer y hay que escarbar dentro por que allí es donde está lo rico, la sabrosura, el recado!

Buen viaje amigo Cucú, nos dejaste un gran sabor en nuestras vidas y seguramente estás disfrutando de lo que más amabas: la belleza de las cosas!.

Gustavo A. Ortiz Serrano

Acerca de gutech

En 1986 hice mi primera animación con un Atari y la edité con dos betamax, en 1989 hice mis primeros dibujos vectoriales con CorelDraw; como Artista Plástico pertenezco a la generación de transición entre lo análogo y lo digital. Como Museólogo he buscado aprovechar mis conocimientos para integrarlos en una experiencia digital en los museos. Cada día es un aprendizaje y esto es lo que comparto con mis lectores.
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